viernes, 17 de diciembre de 2010
“Ultimo Domingo”
Había sido un muy buen día, pescamos, comimos, filosofamos y lo mejor de todo eran las discusiones futbolísticas. Sin exagerar podíamos estar debatiendo horas y horas acerca de táctica, estrategia y técnica. Siempre llegábamos a la misma conclusión: Centro atrás es medio gol.
Ya se estaba haciendo tarde para volver a casa a lo que mi viejo me dice: -Aprovechemos este domingo un poco mas, en vez de tomarnos el tren de las 19:30 tomémonos el de las 21:00 horas-. Por supuesto acepté su propuesta, la estaba pasando tan bien que no hubiese querido nunca que ese domingo terminara.
Desperté en San Luis, tirado en un paisaje increíble, a lo lejos se divisaban las montañas, eran inmensas, parecían ocultar algo. A mi lado se encontraba un amigo, un gran amigo, que no paraba de repetir: “Que pasto tan cómodo el de San Luis”. Hacia los costados nos rodeaban cientos de árboles y animales extraños. Extraños tal vez para mí, ya que parecían ser parte de una naturaleza que yo desconocía totalmente.
Intenté no menos de siete veces pararme, no podía, una fuerza descomunal impedía levantarme, buscaba ayuda y nadie me la daba, a mi derecha ya no se encontraba mi amigo, a la izquierda menos. No sentía ningún tipo de dolor, una y otra vez me esforzaba y mis músculos carecían de fuerza alguna. Mucho mas desesperé cuando respiré hondo y quise gritar, tampoco podía. En mi interior lograba detectar las vibraciones de mis cuerdas vocales pero no oía mi voz, sordo no estaba, el fuerte soplo del viento lo escuchaba a la perfección.
En un abrir y cerrar de ojos me encontré parado, una horda de animales empezaban a correr tras de mí y otra vez volvía esa impotencia, sin embargo podía correr, gritar y hasta sentir esa sensación de adrenalina al ver cada vez mas cerca de esos cientos de seres cuadrúpedos, pero había algo en mí que no lograba comprender. Necesitaba hacer un tremendo esfuerzo para correr, no era para nada normal lo que me estaba sucediendo.
Logré deshacerme de los exóticos compañeros que me perseguían, me di cuenta de lo mucho que me alejaron de aquellas montañas que tanto me habían llamado la atención. Ya repuesto de esas extrañas incapacidades a la que mi cuerpo padecía, oigo una voz que me gritaba: “Acá, acá. Tenés que venir a ver esto, es impresionante.” Era mi compañero, estaba situado en la cima de las monstruosas montañas. No resultó tan difícil escalarlas, en realidad podría decirse que no fue ni fácil ni difícil, no comprendía las distancias, el tiempo y lo que me rodeaba. Apenas llegué a la altura máxima pude divisar lo que inexplicablemente estaba buscando. De verdad aquel paisaje impresionaba, era desolador e inquietante. Allí se encontraba un gran cráter, tendría miles y miles de kilómetros de diámetro. Recuerdo claramente las palabras que pronuncié mientras contemplaba ese bello panorama: “Tengo miedo. Pero debo bajar.”
A medida que descendíamos camino al cráter el clima cambiaba poco a poco, cada vez más y más la refrescante brisa nos cubría toda la cara, la temperatura iba disminuyendo lentamente hasta llegar a su punto justo, una paz celestial se apoderaba de mi cuerpo y mente por completo hasta alcanzar el borde del cráter. Una vez parado frente al gran hoyo cierro mis ojos y extiendo mis brazos hacia delante, el escalofrío que recorrió toda mi espalda me estremeció, al abrir mis ojos nuevamente noté que mis brazos desaparecían, inmediatamente bajé los brazos, miré a mi amigo y callamos un buen rato. No podía ser real lo que estaba viendo. Para verificar lo que me había sucedido, adelanté una de mis piernas, no recuerdo cual, y comprobé que estaba ante una especie de portal.
A mi lado yacía en el piso mi amigo, tal vez producto de lo que habíamos visto. En ese momento dudé en socorrerlo pero la curiosidad pudo más y traspasé el portal. Lo único que recuerdo fue verlo a mi viejo caminar muy tranquilo, en su cara se notaba mucha felicidad, sus pasos lo llevaban a mi abuelo, se miraron y se abrazaron fuerte. “Te estaba esperando, no sabes lo que te extrañé”. Esas fueron las palabras que logré escuchar.
Titi-tití, titi-tití, el despertador tintineaba dando las nueve y media de la mañana, nos habíamos quedado dormidos, debería ser la tercera vez que sonaba, ya que siempre lo poníamos para que sonara a las ocho y media. Le grité a mi viejo en reiteradas ocasiones para que se levantara pero nunca obtuve respuesta. Me acerqué a la cama y comprendí que nunca más conseguiría tal respuesta.
Moe
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario